martes, 15 de mayo de 2018

San Isidro 2018


Queridos padres:
Ya se está acabando el día de San Isidro y os cuento que lo hemos pasado muy bien y hemos intentado que las niñas vivan las tradiciones para que no se pierdan.
Victoria se vistió el lunes en el colegio y estuvo todo el día de fiesta, comiendo barquillos de postre, pero hoy la hemos vuelto a vestir con su hermana Almudena, que no consiente en ponerse nada en el pelo, con lo que el pañuelo ni lo hemos intentado, y el clavel blanco  conseguimos que lo luciese un rato cogiéndola desprevenida.
Almu y yo hemos paseado los mantones y también hemos lucido clavel. Para el año próximo igual nos compramos un vestido de chulapa. Bea, la hermana de Víctor, iba guapísima con uno que le han hecho a medida. Mamá, el que tú me hiciste solo le vale a Ari, que se lo pone alguna vez. Me da lástima pensar que yo cupe en él no hace tantos años…
Hemos paseado por la Plaza Mayor, hemos tomado un refresco en una terraza al lado del Mercado de San Miguel y un helado en la Puerta del Sol. Había mucho ambiente y muchos madrileños vestidos de chulapos.
A la caída de la tarde, ya solos, hemos visto la procesión, que volvía a la Colegiata de San Isidro. La verdad es que me ha parecido un poco deprimente porque no cuidan nada que los integrantes de las diferentes cofradías vayan vestidos con un mínimo de decoro. A algunos da pena verlos.
Bueno, allá donde estéis, seguro que habéis bailado un chotis como solo vosotros sabéis hacerlo, eso no lo conseguí aprender, soy patosa con el baile, pero vuestras bisnietas llevan muy buen camino, ya os contaré.
Un beso




domingo, 6 de mayo de 2018

Historias de mi madre.


Hoy estaba haciendo mi cama, estrenando sábanas, y me he acordado de mi madre, como tantas veces…
Era una maniática de las camas bien hechas y con ropa buena y holgada.
Cuando su economía no le permitía hacer extras, compraba una buena tela, le pasaba un zigzag con su máquina de coser y conseguía unos juegos de cama perfectos. Pasados los años, pudo ahorrarse el trabajo y comprarlos, pero siempre eligiendo comercios que tuvieran una calidad exquisita en la ropa del hogar.

Su segunda manía en este tema, era la cama perfectamente hecha, sin una arruga. Si tenía que estrechar las fundas de las almohadas, o las bajeras de puntos ajustables, para que quedasen a su gusto, lo hacía sin ningún problema. Mi hermano siempre comentaba que mamá hacía la cama con escuadra y cartabón.
Y, llegados a este punto, esas manías, se heredan. Disfruto con una cama bien hecha y, si no tuviera que hacer yo la colada, ordenaría cambiar las sábanas a diario, para mí es un placer acostarme con sábanas limpias y planchadas.

Cuando mi madre murió, tenía juegos sin estrenar porque siempre guardaba alguno nuevo por si enfermaba y tenía que estar en cama. Mi hermana y yo conservamos parte de su «ajuar» que era infinitamente mejor que el nuestro. Ella conservó hasta el final su gusto por lo bueno y si nos encargaba hacerle alguna compra, nos apuntaba marcas y medidas para que no nos pudiésemos equivocar. Así era mi madre.

No necesito el día de la madre para recordarte, mamá, pero allá donde estés te envío un millón de besos.


sábado, 5 de mayo de 2018

La lámpara


Esta lámpara, mi lámpara, me la regaló mi padre cuando estábamos montando la casa para casarnos. La casa tenía un salón muy amplio y quedaba preciosa encima de la mesa de comedor de estilo clásico. A mí me gustó mucho pero estaba fuera de nuestro presupuesto. Estoy hablando de treinta y cinco mil pesetas de hace cuarenta años, precio de mayorista, que os aseguro que era mucho dinero. Mi padre la pagó con su trabajo ya que le hacía muchos arreglos y favores al que se la vendió «Manolo el lámpara», muy amigo suyo.
Cuando al poco tiempo, ya casados, decidimos mudarnos a un piso en nuestro barrio de siempre, porque vivir lejos del centro de Madrid no nos gustaba, colgamos la lámpara en un mini cuarto de estar. En este piso todo era pequeño, pero nuestra estancia iba a ser temporal, hasta que comprásemos uno grande. Ese cambio nunca se produjo y sigo viviendo en el mismo lugar y la lámpara sigue colgada en el mismo sitio.
No pega mucho ni con el mobiliario actual, mucho más moderno, ni con el tamaño de la estancia, pero soy incapaz de deshacerme de ella, es mi lámpara.
Y una vez al año la limpio, cristal a cristal. Hoy ha sido el día elegido, y por eso se me ha venido a la cabeza dedicarle una entrada en el blog.
Ya sé que vais a decir que hay productos muy modernos con los que evitaría el esfuerzo que supone limpiar los 368 colgantes, los he contado, subida en la escalera. Pues no es verdad, los he probado todos y no queda bien. Puede que haya alguno profesional, se me ocurre que el que utilizan en las arañas del palacio de Oriente, por ejemplo, pero los que están comercializados, no valen.
Y cuando miro para arriba y la veo tan brillante, me llena de satisfacción el trabajo bien hecho. En fin…cosas mías.

miércoles, 2 de mayo de 2018

Presentación «Nuevas historias de La Mallorquina»



El remodelado Café Madrid, muy cercano al Teatro Real, fue el lugar elegido por Pablo Somoza Ortega para presentar su nuevo libro Nuevas historias de La Mallorquina, Crónicas de la Puerta del Sol.
Tras unas breves palabras del editor de EntreLíneas, Carmelo Segura, Ramón Asquerino Fernández, Doctor en Filología Hispánica, corrector de esta obra, llenó el salón con una oratoria fuera de lo común. Como luego comentaría el autor «paró el tiempo».
Nos contó como llamaban cariñosamente a esta obra «el 47» en clara referencia a los 46 Episodios Nacionales de Pérez Galdós y, salvando las distancias, no voy yo a enmendar la plana a un Doctor de nuestra lengua.
En el primer libro, publicado en 2014, La Mallorquina, las crónicas abarcaban desde 1894 hasta 1937. En este segundo Nuevas historias de La Mallorquina, comienzan en marzo de 1942, con un país sumergido en una horrible posguerra, y finalizan en noviembre de 1975, saliendo de una larga dictadura.
En ambos libros, Vicente es el protagonista que, en primera persona, nos relata las anécdotas de las gentes que han pasado por este establecimiento, un referente de Madrid y todos los acontecimientos que rodearon estos años de nuestra historia más reciente, en esa Puerta del Sol, centro neurálgico de la capital.
Historia y ficción se unen en esta obra que le ha costado cinco años de documentación para poder escribirla. Lo más duro, según el autor, leer y escribir sobre la guerra civil.
La presentación se ha completó con una proyección de fotos antiguas y dos vídeos con las que Carlos Armillas, diseñador y maquetador, nos mostró con imágenes cómo era Madrid en el período que se narra.
En un ambiente distendido, entre amigos, con firmas y fotos, nos despedimos de Pablo, el camarero de esta emblemática pastelería al que deseamos mucho éxito como escritor.




Publicado originalmente en el blog de la Revista Pasar Página.

miércoles, 25 de abril de 2018

Hablando entre amigos con Víctor Fernández Correas



Hoy, por fin, he entrevistado a este «amigo escribidor» como le llamo cariñosamente.

Nos conocimos a través de Facebook pero enseguida comenzamos a tener un trato diario, una relación de amistad en las redes, que traspasó lo virtual para convertirse en algo personal, alejados del público, como a él le gusta decir, «a discreción y con alevosía»

AG — Buenas tardes, Víctor. Ha llegado el momento de que me cuentes cosas sabiendo que las voy a publicar.
VF — Buenas tardes y bienhallada. Pues aquí estamos, para lo que gustes mandar. Aunque ya sabes, eso de preguntar a un periodista, ja, ja, ja…
AG — Naciste en Sant Denís, hijo de la emigración. ¿A qué edad te viniste a España? ¿A Valverde de la Vera?
VF — En efecto, nací en Saint-Denis, una población del noreste de París. E hijo de la emigración. Poco trabajo en España y el efecto llamada, pues mis padres tenían familia y conocidos en Francia. A España volví con seis años, y directamente a Madrid, aunque a Valverde regresaba todos los veranos, tanto estando en Francia como ya establecidos aquí. Después he estado treinta años sin volver a París. La primera vez que lo hice fue por trabajo, y las siguientes ya por iniciativa propia. Eso sí, no he vuelto a pisar Saint-Denis, así que es una deuda pendiente que espero cobrarme con el tiempo.
AG — En la actualidad vives en una ciudad cercana a la capital. ¿Te ves viviendo siempre aquí o volviendo a tus orígenes extremeños?
VF — Es una difícil pregunta. Con Madrid existe una relación de amor-odio: por un lado, es la ciudad en la que me he criado, en la que viví durante la mayor parte de mi vida, y eso ya es motivo suficiente para quererla; por otro, como toda gran ciudad, siempre quieres alejarte de ella en cuanto tienes oportunidad. No obstante, no tengo claro que sea el lugar en el que viva siempre, ni siquiera en sus alrededores. Aunque, como todo, la vida es la que te trae y te lleva. A saber.
AG — Tu primera novela La conspiración de Yuste, comenzó siendo un relato corto, de ahí, al pedazo de libro en el que se convirtió ¿Cuánto estudio? ¿Cuánto tiempo te llevó el proyecto?
VF —Ocho páginas. Esa era la extensión de Epílogo Imperial, que es como se llamó aquel relato que, con el tiempo, se convirtió en La conspiración de Yuste. Me costó cerca de dos años y medio de documentación y de escritura, y reescribí el comienzo tres veces porque no me gustaba. Y cuando digo el comienzo me refiero a sus primeras cien páginas hasta conseguir lo que buscaba. Es la primera novela y, como tal, está llena de imperfecciones, de deseos de agradar, de la búsqueda de la perfección… Quise escribir una novela histórica al uso y el resultado fue esa novela. Ahora, cuando la leo, me cuesta identificarme en sus párrafos, en la manera de contar la historia. Cosas de la evolución a la hora de escribir, supongo, aunque es la primera, y como tal le tengo un cariño enorme.
AG — Imagino que este personaje histórico, Carlos I, ya te gustaba, ¿Por qué?
VF — La figura del Emperador es toda una referencia en La Vera, en el norte de Cáceres, está en todas partes, lo ves por todos lados. Eso y que, por entonces —y todavía ahora, en parte— me apasionaba la novela histórica, y eso me llevó a buscar una figura capital en la historia de España sobre la que escribir. La tenía a mano, conozco sus últimos meses de vida porque siempre he oído hablar de ellos y están muy presentes tanto como su figura en la comarca de La Vera. El resto vino solo, y realmente disfruté escribiéndola, pero ahora disfruto aún más escribiendo de un personaje al que ya considero un viejo amigo, como es mi colega Carlos, como le llamo.
AG — Después viajaste mucho más atrás en el tiempo, a Atapuerca, y novelaste lo que pudo ocurrir con el Homo heidelbergensis. ¿Cómo se te ocurrió esta idea?
VF. — Realmente la idea no fue mía, sino de mi agente literario por entonces, José Miguel Romaña. Llevaba tiempo rondándole la idea en la cabeza, pero lo que nunca imaginó es que de mis manos saldría una novela como aquella, en la que los personajes no hablan sino gruñen, una novela que no tiene diálogos y sus personajes se acostaban sin saber si al día siguiente verían amanecer. Su idea iba más bien por una recreación de la Prehistoria pero vista desde el pasado, pero se topó con mi querencia por investigar hasta el mínimo detalle, que fue cuando me topé con La Sima de los Huesos de los yacimientos de la Sierra de Atapuerca. El resto ya es novela.
AG — Volvamos al presente. En Facebook empezaste a ser conocido por tus juegos. Una vida en diez líneas de Word, un personaje para adivinar, muchos seguidores buscando, tarde tras tarde, ser el primero en acertar, algunas veces en cinco minutos había una respuesta, otras se tardaban horas. ¿Qué te deparaba este juego?
VF — Diversión por encima de todas las cosas. Una de las máximas del periodista, algo que aprendí en la facultad, es que ha de informar, formar y entretener en la medida de lo posible. Esas diez líneas me permitieron, por un lado, cumplir con esa máxima, pero también mejorar a la hora de escribir, ganar en seguridad, y por qué no, también seguidores, que llegaban atraídos por esa manera de contar la vida de una persona de manera tan resumida; y también aprender curiosidades acerca de muchos personajes. Fue, podríamos decir, una relación en la que todos ganábamos: en mi caso, en seguridad, en estructurar esas diez líneas, en decir lo máximo en el mínimo espacio posible; y algunas personas pudieron conocer cosas sobre personajes históricos de las que, en algunos casos, nunca habían oído hablar, lo que les impulsaba a conocer mejor a esos personajes, a interesarse más por la historia. Y puedo asegurar que pocas cosas hay más bonitas que alguien te diga que ha aprendido algo nuevo gracias a ti.
AG — ¿Qué te hizo abandonarlo?
VF — Digamos que lo abandoné antes de que esas diez líneas me abandonaran a mí. Las cosas hay que dejarlas antes de que sean ellas las que lo hagan, e intuí cierto cansancio. Ya sabes que se trataba de un juego diario, y abusar de algo suele conducir al aburrimiento. No hay más razón que esa.
AG— Eres un escritor generoso que casi todas las mañanas nos regalas un microrrelato en forma de buenos días, abriendo una ventana o recordando un suceso histórico ¿Te reporta alguna satisfacción además de lo que disfrutas al escribirlo?
VF — Mucha. Más allá del ego que provoca recibir reacciones positivas a lo que publicas, escribir esos relatos supone una ventana por la que puedo escaparme del trabajo diario durante unos minutos. Suelo escribirlos bien al comienzo bien al finalizar mi jornada laboral, de tal manera que me sirve de relajación antes de empezar o de terminarla. Además, tengo el tiempo medido, de tal manera que no le dedico más allá de veinte minutos o media hora, y eso te permite agudizar el ingenio y medir hasta dónde eres capaz de llegar. La música ayuda, y casi siempre me acompaña una canción en el trance, canción que suele ser un personaje más del relato o ventana que tenga entre manos en ese momento.
AG — Siguiendo con Carlos I, estás escribiendo por capítulos su biografía de una forma muy personal, ¿veremos nuevos libros con este protagonista?
VF — Sí. Hay un proyecto encima de la mesa, aunque aún tengo que darle vueltas. Posiblemente me siente una tarde con él, con mi colega Carlos, nos miremos a la cara, y le demos vueltas hasta ver qué sacamos, pero sí que volveré a él. A los viejos amigos nunca hay que dejarles de lado, y más cuando, como es mi caso, le estoy tan agradecido. En parte, si estoy aquí, si me estás haciendo esta entrevista, es gracias a él.
AG — Eres un gran escritor de relatos, ¿no has pensado publicarlos?
VF — Lo primero, gracias por lo de gran escritor de relatos. Lo segundo es que ya tengo recopilados muchos de ellos en una antología dividida en temáticas y que incluso tiene hasta título. Quién sabe si algún día…
AG — ¿Cómo llegaste a encontrarte con Cervantes para escribir La del Alba fue?
VF — La culpa es de Carolina Molina, coordinadora de esa antología y, además, directora de la Asociación Cultural Verde Viento, de la que formo parte junto a ella y David Yagüe, Olalla García y Eduardo Valero. Buscaba autores que quisieran escribir un relato dedicado a Don Miguel destinado a una antología que, finalmente, publicó la editorial granadina Traspiés con fines benéficos para conmemorar el cuarto centenario de su nacimiento. Después de cuatro años sin publicar vi el cielo abierto, y como entonces veía bastante complicado volver hacerlo, me lancé a tumba abierta y confié en Don Miguel para volver a asomar la cabeza, que no es poco.
AG — Y ahora vamos al presente. Tienes una novela a punto de publicarse. Una historia ambientada en la posguerra, año 1953. ¿Cómo has hecho para moverte por el Madrid de esa época?
VF — El 21 de mayo saldrá a la venta, en efecto, y lleva por título Se llamaba Manuel. Tenía muchas ganas de escribir una novela de esas características. Es una época que da para mucho: el régimen político del momento, la manera de vivir, las estrecheces, la música… Y poco a poco fui recopilando documentación, vídeos, libros… También encontré un mapa de Madrid de 1951 para ubicar calles, espacios y lugares, y el resto consistió en imaginar unos personajes y darles vida. Unos amigos con los que puedo jurar, sin recato alguno, que he pasado unos meses maravillosos.
AG — El bar de la calle Fomento en el que desayuna Gonzalo Suárez, ¿un guiño a tu familia?
VF — Lo es. Allí trabajo mi suegro durante cerca de cuarenta años, y además de contarme historias del bar y de la zona, me apetecía hacerle un homenaje. De hecho, es un personaje secundario de la novela.
AG — ¿En qué piensas para escribir sobre un tipo como Arturo Saavedra?
VF — En la época, que era lo que era. Tipos como él eran muy habituales, y con Arturo Saavedra he ido más allá en lo que a tratar los personajes se refiere. Seis años sin publicar hace que tengas que reinventarte para seguir ahí, intentando llegar al lector, y en mi caso lo fie a los relatos. Eso me permitió experimentar con todo tipo de personajes. De Arturo Saavedra me siento más que satisfecho: arribista sin escrúpulos, putero, con demasiada tendencia al alcohol y con alguien siempre dispuesto a salvarle el culo. Una joya.
AG — ¿Y sobre Marga Uriarte?
VF. — Marga es el odio personificado. Vive con odio porque no ha conocido otra cosa en su vida, y ese odio recorre su cuerpo, le permite seguir viva porque sabe que, tarde o temprano, tendrá que darle salida a través de la venganza, que ansía por encima de cualquier otra cosa. Pero, por otra parte, es un personaje del que compadecerse por el pasado que tiene, por cómo le ha tratado la vida. Con Marga me ha pasado como con Adela, la protagonista de la novela que tengo ahora mismo sobre la mesa: quiso ser, pero no fue, y eso, ese límite impuesto por el destino y que no le deja ser feliz, le lleva a ser como es. Marga es el resultado de la vida cuando se ceba con alguien a conciencia,
AG — Bueno, ya puestos dime lo que sientes cuando te pones en la piel de Gonzalo Suárez.
VF — Gonzalo es mi debilidad, pero lo diré bajito para que no se enteren aquellos dos. Además de ser del Aleti, como un servidor, es un tipo con unos ideales, con unos valores claros y definidos. Gonzalo es un tipo íntegro, y me apetecía contar con un personaje como él para mostrar mejor cómo fue aquella época y lo incomodo que podía llegar a ser un tipo como él, un desubicado del momento.
AG — ¿Por qué La sombra del ciprés es alargada de Delibes es el libro que eliges para que lea el inspector Suárez?
VF — Es la primera obra de otro Don Miguel, uno de los escritores por el que siento más aprecio y más he aprendido. No son pocas las veces que me echo en sus brazos y releo fragmentos de sus obras, ya sean novelas o ensayos, y me apetecía rendirle homenaje. Lógicamente no pude hacerlo con La Conspiración de Yuste ni tampoco con La tribu maldita por razones obvias, y Se llamaba Manuel era el mejor momento para hacerlo. La lectura de su sombra del ciprés ayuda a Gonzalo a entender muchas cosas de la vida, a reconocerse en sus páginas cual espejo vital.
AG — Cuidas mucho la música en tus obras. En esta Juanita Reina, Miguel de Molina y seguro que hay más que no recuerdo. ¿Cómo la eliges?
VF — Depende de la atmósfera, del momento, del lugar de la novela, pero, sobre todo, de la época. Cada novela, cada relato, cada ventana tiene su propia banda sonora, y Se llamaba Manuel la tenía muy clara. Por sus páginas desfilan Antonio Machín, Jorge Sepúlveda o AmàliaRodrigues además de los que has mencionado. Concibo la música como un personaje más de todo lo que escribo, y en esta ocasión disfruté con esas canciones, poniéndolas en boca de los personajes, bailándolas a su ritmo.
AG — ¿Tienes claro el final cuando comienzas la novela?
VF —En el caso de Se llamaba Manuel, por completo, y también con La tribu maldita. Salvo que los personajes me líen, lo que nunca es descartable porque siempre acaban haciendo lo que les da la realísima gana, sí suelo tener el final previsto de antemano.
AG — De Brujas a Shanghái. Cuéntame lo que más te ha impresionado de tus viajes.
VF — Por motivos laborales, he conocido bastante mundo, más de lo que nunca hubiera podido imaginar, y también he tenido la suerte, por el mismo motivo, de acceder a cosas que, por cuenta propia, hubiera sido difícil conseguir. He visto un atardecer como el que cierra el episodio III de la saga de La Guerra de las Galaxias en el mismo lugar donde se rodó, en el desierto de Túnez, cerca de Tozeur; he visto correr el agua del mar como si de un río se tratara bajo el Golden Gate de San Francisco; incluso hasta he levantado el trofeo de la Copa de la UEFA en el reservado del estadio del Feyenoord de Rotterdam. Momentos que quedan dentro, que vives porque sabes que son irrepetibles.
AG — ¿Tu comida favorita?
VF — Me contento con cualquier cosa, soy cochinillo de buen diente, como dicen en Extremadura. Me sería difícil escoger una sola.
AG — Un libro, una película, una banda sonora…
VF — Libro me quedo con Grandes momentos estelares de la humanidad, del Maestro Stefan Zweig; película, si me lo permites, dos, y son totalmente opuestas: Blade Runner y Volver a empezar. Tan distintas, y a la vez tan sorprendentes. Me las sé de memoria. Aunque, como broma, siempre digo a quien quiera escucharme que la mejor película del cine español, y con mucha diferencia, es la mítica Yo hice a Roque Tercero, del no menos mítico Mariano Ozores; y como banda sonora, Camino Soria, de Gabinete Caligari, disco de cuyo lanzamiento se cumplen treinta años este 2018. Y de sus canciones me quedo con La Sangre de tu tristeza.
AG — ¿Quiénes son los primeros en leer tus libros?
VF — Mi mujer. Al menos que tenga recompensa por aguantarme dándole a la tecla. Luego suelo recurrir a amigos y personas de confianza, que me aportan puntos de vista que enriquecen los manuscritos.
AG — ¿Libros en el cajón?
VF — Uno, la historia de Adela, que estoy corrigiendo a la espera de que, algún día, sea una realidad.Y creo que es una historia que gustaría.
AG — ¿Proyectos inmediatos?
VF — Mi colega Carlos, como he dicho con anterioridad, me reclama, y lo hace con fuerza. Tengo una deuda pendiente con él, y luego tengo una idea que encontré en una revista de historia a la que me gustaría darle un par de vueltas para encontrar su sentido y posibilidades.
AG — ¿Te veremos en la Feria del Libro de Madrid?
VF— Espero que sí.
AG — ¿Quieres contarme algo que no te haya preguntado?
VF — ¿Por qué soy del Atleti? ¡Ja, ja, ja!
AG — ¡Ja,ja, ja!…yo soy madridista pero nos queremos y respetamos. Gracias por concederme tu tiempo.

Si queréis seguir a Víctor Fernández Correas, en su blog podréis encontrar sus obras, relatos, ventanas, la vida de Carlos I y todo lo que se le vaya ocurriendo.



sábado, 21 de abril de 2018

CAMPEONES : Mi opinión


CAMPEONES de Javier Fesser

«Aunque al principio te ríes de ellos, acabas riéndote con ellos».

Esta frase de mi amiga Montse, es el resumen de una película que me ha hecho reír y llorar. Me he reído con ganas, como hacía mucho, con este equipo de diez actores debutantes que, en su primer trabajo para el cine, llenan cada uno de los momentos de la película.
Un guión fácil: entrenador profesional que va a intentar lo imposible, conseguir un buen equipo a partir de un desastre; es sencillo, nos recuerda a muchas películas pero, en este caso tiene algo de especial, sus actores tienen discapacidad intelectual y dan una lección al resto de los protagonistas y, por supuesto, a los espectadores.
Sergio Olmos, Julio Fernández, Jesús Lago, José de Luna, Fran Fuente, Gloria Ramos, Alberto Nieto Fernández, Roberto Chinchilla y Stefan López, no nos equivoquemos, están interpretando y lo hacen muy bien.
Javier Gutiérrez, ese magnífico actor que hace bien cualquier papel que le ofrezcan, vuelve a bordar su interpretación y Luisa Gavasa, su madre, también nos tiene acostumbrados a grandes aportaciones como actriz de reparto, que nunca pasan desapercibidas.
Da igual que sea totalmente predecible, que lo es, porque lo importante, vuelvo a repetir, no es el guión, sino el magnífico trabajo de este grupo de personas, dirigidas por Javier Fesser, que han conseguido hacer una película de actores, una apología a la integración y una crítica a la intolerancia, que no debe dejar indiferente a nadie.
No os la perdáis. Merece la pena.

miércoles, 18 de abril de 2018

Códex Gigas: Mi opinión


Códex Gigas 
de 
Óscar Sánchez Fernández


Este libro llegó a mí porque me llamó la atención la reseña que Marina Collazo hizo en el número 6 de la Revista Pasar Página.


Resumen:

Elisabeth, inspectora de Policía de Vigo, debe resolver un macabro asesinato en el que, no siendo el primero de varios, todo apunta hacia una secta satánica. Para su resolución contará con la ayuda de dos hombres con un potente contrapunto: Mateo García, un cura experto en investigaciones relacionadas con la Iglesia, y Mario, que a pesar de ser el mejor en este campo, fue excomulgado por prácticas poco ortodoxas. Pronto descubrirán una pugna entre dos facciones eclesiásticas, piagnoni arrabiatti, donde la Biblia del Diablo o Códex Gigas jugará un importante papel.

Mi opinión:

Me ha gustado desde la página uno hasta la última. Es una novela policiaca que se desarrolla en la actualidad en la ciudad de Vigo, aunque también nos traslada a Roma, Florencia, Santiago de Compostela y Estocolmo.
Conocer las ciudades que el autor va describiendo tiene un punto añadido a su favor, porque las cuenta tan bien que las vas recorriendo con los protagonistas.
La novela alterna el género policiaco con la ficción histórica, basándose en algunos hechos reales muy bien descritos y que nos trasportan a la Edad Media, a la actual Chequia y a Florencia.
Savanarola

El ritmo es trepidante, agradeciendo cuando se entretiene en narrarnos algún lugar o alguna historia antigua, porque nos permite coger un respiro. Los giros finales me han parecido muy buenos.
Algo que valoro mucho es cuando una obra me hace, al cerrar su última página, buscar información sobre lo que he leído. Esta, es una de las que me ha producido esas ganas de saber más sobre el Códex Gigas y el personaje de Savanarola.
Según cuenta en una entrevista, algo parecido le ocurrió a Óscar Sánchez Fernández, que ha comentado que la historia le escogió a él y que, durante la fase de documentación, se encontró con Savanarola y supuso el empujón que le faltaba para acometer su opera prima.
Leed esta novela y después estoy segura de que os apetecerá indagar sobre el libro que le da título y sus personajes reales, como me ha ocurrido a mí.
En la última página, el autor invita al lector a visitar este «gran libro» en la Biblioteca Nacional de Estocolmo. Casualidades de la vida, en unos días lo voy a poder ver y os contaré lo que me ha parecido.